jueves, 8 de mayo de 2008

Luces de abril

Lo bueno del otoño se hace quizá más claro en su forma anglosajona: fall. Sin menosprecio de tan maravillosa palabra como es su versión latina, fall, exhibe uno de los lados más esenciales de esta bellísima estación: la caída.

Así como las hojas secas, el fulgor de las flores, los verdes saturados, las neblinas, los sobretodos sobre el cuerpo o la noche sobre las tejas húmedas, todo sen-ci-lla-men-te...
cae.

Los astros se alinean para cambiar las reglas de juego, para abolir las mermeladas diet y los happy endings, para cambiar de una vez por todas el paradigma de la sonrisa por la sonrisa misma, todo movimiento responde ahora a su majestad el otoño.

Entonces uno, colmado de dicha y acunado de abriles, se siente ahora como en casa, ya no siente culpa alguna por su eterna peripecia hacia el abismo.
Ahora puede jugar en él a sus anchas y a nadie llama la atención, a nadie apena o exalta. En otoño pude uno sangrar en paz.
¡Viva el otoño,
Viva su muerte!

jueves, 1 de mayo de 2008

Subterráneos I

Levanto la vista. Un collage descolorido de antebrazos y cabezas colma el espacio a tal punto que apenas si queda lugar para el tiempo. Sólo escombro humano y ruido y tan mala persona no debo ser comenta una a otra mujerzota, tras lo cual, hecha la aclaración, expele a sus anchas una interminable lista de despectivos calificativas sobre Noemí, o Berta, o la chica nueva esta que entro el lunes, con esas polleras que se pone, escuchame… mas luego (afortunadamente) la voz del mamífero adjetivador es deglutida por la marea en una voluta enremolinada que a modo de intercambio, despide con violencia una idílica boca de mujer.
Es una víscera muy roja, cargada de erotismo latente. Está inquieta. No viene sola, al parecer tras ella hay también un rostro, o al menos su perfil.

Sí, claramente hay una delicada nariz y un pómulo violetáceo y un ojo de cedro profundo que pronto me mira y se vuelve dos pupilas redondas bajo una tupida enredadera de bucles negros, como garabatos de tinta china. Es ella una boca-mujer que sin cavilar se suelta de las argollas plásticas de endiagonal-enfrente y se zambulle de un zarpazo en el par junto a las mujerzotas.
Bajo la vista sonriendo para mis adentros un poco avergonzado. Me divierte el juego que me ha propuesto, seré su presa. Levanto la vista para observarla. Sus profundos ojos se entierran tajantes en mis pupilas (casi puedo sentir la herida). Su boca-víscera no se inmuta, ¡no está jugando!
Un chirrido metálico me atraviesa la espalda hasta la nuca. Miro hacia el piso confundido. La adrenalina se esparce por mi cuerpo y comienzo a sudar (ella parece percibirlo).

Estamos solos, alrededor sólo hay masa gris, urbanidad muerta. Me vuelvo hacia sus caderas buscando un flanco débil (otra puntada de sus ojos y estaría perdido).
Me detengo en aquella figura magnética. La mano que pintó sus caderas debió de haber delineado primero el vientre de mil mujeres para llegar a aquella forma tan acabada, tan salvaje y celeste. Lleva unos pantalones de jean apretados al cuerpo (como una cincha) y botas de cuero. Se ve incómoda en esas vestiduras, como si la condicionasen de espacio y alma. Tiene la cadencia inquieta de los equinos salvajes: da pasos cortos y errantes en todas direcciones.
Otra vez el chirrido metálico de las vías, ésta vez resuena como un relincho en la oscuridad del túnel y en mi piel no queda un rincón sin erizar.

Mi cuerpo empieza a responder a aquel llamado salvaje. La libido renueva mi coraje y arremeto con la mirada contra su rostro. Tengo suerte, ésta vez ella está distraída (luchando por mantener a raya su cuerpo sublevado). Le veo el rostro completo por vez primera. Para mi sorpresa, aquella fémina salvaje lleva en su mirada una niña desconcertada. No comprende lo que le ocurre ni por qué, aún así, sabe lo que desea, lo intuye, su cuerpo lo está vociferando.
Se reagrupa de pronto, dejando de lado su confusión y me lanza sus ojos brutales con crudeza, desnudos, lascivos. No quiere mi caricia, quiere mis vísceras, mi libido porno que chorrea por entre mis botones.

Las puertas exhalan maquinalmente por mí, mientras dejamos atrás otra estación. Aterrado, leo el cartel del andén: Plaza de Mayo. Me bajo en la próxima. Me paso la mano por la frente para sacar un sudor imaginario. Ella está parada justo de camino a la puerta (de sólo pensarlo mi corazón repica desesperado). Trato de pensar un momento pero es imposible, sus piernas están ya fuera de control (ella sabe que voy a bajarme).

De pronto, de la masa gris emerge una mujer que aparentemente ha estado sentada a mi lado todo el viaje. Ella también baja en Diagonal Norte, acomoda sus cosas y yo aprovecho a hacer lo propio, (al menos ahora no tendré que enfrentar a aquel animal solo) pero la mujer se levanta antes de lo previsto y se pierde entre la espesura rápidamente.
Por un instante todo se detiene.

El asiento a mi derecha está libre y la fémina posada por ante él, se congelada expectante. En su cuerpo pueden verse todas las posibilidades de acción contenidas: va a tirarse encima mío, o acaso se sentará a mi lado, ¡va a tocar mi carne!. Pero no. Solo se queda ahí, agazapada. Tengo que decidir, ya no hay tiempo.
Sin pensarlo, casi instintivamente, me paro. El corazón me va a quemar el pecho, me tiemblan las rodillas. Fatalmente me enfrento a la bestia:

Dios! Adónde quedó la niña confusa? Frente a mí se abre exuberante, el porte de la propia afrodita. Me siento indefenso. No tengo arma alguna para enfrentarme a semejante gladiador aquí, en esta arena urbana, con el cuerpo velado de ataduras.
En cambio a ella poco parece importarle, como una tempestad se arranca de las agarraderas y me envuelve con su beso de hembra sedienta. Devora la carne de mis labios y la sangre brota a chorros, empapa nuestros cuerpos, sin embargo el miedo desaparece rápidamente. Cuánta plenitud siento de pronto ante ése calor, ante esa boca, ése vientre. El tren se detiene.
Las puertas exhalan una vez más y se abren de par en par.
La marea gris cobra vida de pronto y uno a uno se dibujan en ellas los brazos, las garras que ahora se me enredan como una hiedra. La miro a ella. Tiene miedo en los ojos.

Nos separan.

Luchamos torpemente pero la hiedra-urbana es mucho mas fuerte.
Intento aferrarme a su imagen por última vez, miro su pelo, sus venas, sus senos, sus ojos, pero ya nada veo casi, se está desdibujando.
Qué frío siento de pronto, respiro muy fuerte, voy a congelarme, la masa gélida me vomita en el andén y la puerta se cierra ya. Me incorporo torpemente e intento abrir. Veo una boca-vícera muy roja que se prende al vidrio entre la oscuridad, el subte arranca.

Mientras se aleja, la boca pierde color.
Se torna gris.
Se desdibuja.
Desaparece.

miércoles, 16 de abril de 2008

Cronica del niño muerto

Mi hogar era un caseron gélido y abandonado. Los muros resquebrajados se elevaban de modo incierto, cambiaban de forma. Incluso, en días como aquellos no costaba imaginar la ausencia de techo alguno. Los escombros caían aleatoriamente despertando densas neblinas de polvo gris. Sólo restos. Las sobras de lo que alguna vez fuera un cálido festín, lleno de hogar y abrazo, ahora congelados como los relojes, que parecen haberse detenido en seco.

Una inmensa nostalgia azotaba el pecho. El recuerdo anaranjado de la feliz vigilia, de almuerzos y cenas, de algodones de caricia y besos de melocotón, de risas y risitas, de idílicos senos, brazos y hombros dónde derrumbarse y volverse a armar.
También recuerdo la disonancia, como susurros, las migas de pan bajo el mantel, la estridencia detrás de la música (que todo lo cubría, cada rincón, cada compás)
Todo, excepto los silencios. Allí era donde podía oírse aquello otro, cuando cesaba la melodía, cuando la gente callaba.
Nadie parecía oír nada en esos silencios. Sin embargo allí estaba la otra voz (cada día más fuerte) la voz de la casa. Nadie la oía o nadie quería oírla. Solo mi hermana y yo, y no porque nos gustase (Ya hubiéramos querido nosotros, no tener que escuchar por las noches los llantos de las vigas agrietándose)

Por suerte llegaba siempre la vigilia, el día, la rutina, la gente, la música y todo aquello otro “habría sido un mal sueño”.
Pero la gente comenzó a irse, la fiesta se volvió menos ruidosa, la familia menos numerosa, las paredes más altas, el frío mas constante, y el silencio más sonante.
La voz de la casa fue ganando presencia hasta tornarse insoportable. ¿Pero cómo podía ser? Las casas no debieran hablar ¡Había que tomar medidas!
Así fue que debimos poner más fuerte la radio, encender más tiempo el televisor y tratar de estar el mayor tiempo posible ocupados en otros menesteres para no prestar atención al sollozo de los ladrillos. Y nos dio resultado en verdad.
De hecho, tanto empeño pusimos en no escuchar el agónico chirrido, que un buen día ensordecimos.

Pronto llegó el invierno y el frío se instalo en la casa. Sin embargo, como nadie lo oyó venir, las estufas no fueron encendidas. Comenzamos a enfermarnos, pero nunca nos oímos toser por lo que poco pudimos hacer para ayudarnos. La comida se congeló rapidamente y el hambre hizo chillar los estómagos, pero ni cuenta nos dimos.
Nos fuimos debilitando lentamente hasta quedar dormidos.
Henos allí, en ese palacio congelado, que no conoce ya la vigilia,
que ¡se cae a pedazos!, que solo “duerme”, aunque no descansa ni sueña, sólo deja el corazón latiendo como un ancla y se zambulle a la muerte.

Pero yo me resistí al sueño. En el desierto de mi cuarto resguardaba las últimas gotas de desvelo entre las hojas de un cuaderno y una a una las iba quemando para alimentar la llama de la vigilia y tener un poco de calor en ese brutal invierno. Con mis tímpanos sangrando por el insoportable ruido que inundaba la casa ya en ruinas y mi garganta cerrada en un horrible nudo de tristeza, mi alma lloró sin consuelo.
Cuando la muerte me encontró, sostenía yo con mis últimas fuerzas la pared de mi cuarto junto a mi cama. Era inútil. Un segundo después se oyó el estruendo.

jueves, 10 de abril de 2008

filantrocracia

Y de pronto un remolino de jajajás
y todo se vuelve tan liviano,
me río (aunque nunca dejé de reírme)
de las lágrimas y las solemnidades melodramáticas,
de los amares y soledades,
de la existencialísima oscurocracia que exopila en ademánes.

¡Atención amigos,
que ya no embarco litúrgias desérticas,
ni me recalcitro de nimiedades!
Nonono, que no claro que no no que.
¡es ésta, señoras, la edad de la corsomancia,
la danzalidad estridente,
la clarividencia magnética!

Supernovemos hasta la sandía!
que de esto se tratan m'hijo,
los temporales acrobaticos.
Y el que me venga con sarcofarmacos
que se fornifique en otra curtiembre,
que yo hablo desde la austeridad más inconcéntrica.

Pío, pío y repío en la pajarera,
que el que se acorbata la crema del cielo,
flor de mondiola estarále aguardando.
Pero a qué andar pitando argucias,
si hoy no hay revenque que no resople en jarana.

Y jarana más jarana menos,
incluso nos,
los danzarines del pasto infravioleta,
nos evasionamos,
devez en cuando,
en alguna perfumería
y respingamos
de una vez
y para siempre
la filantrocracia!
Salú!

miércoles, 2 de abril de 2008

"Sentirse marchitar"

...como Ella lo dijera alguna vez.
los días consumen mi brillo con pasiva voracidad, como un fuego tibio que debora el aire. El combustible de los sueños se muestra finito, acaso por vez primera (siempre es por vez primera). De pronto hay una infinidad de músculos entre la sonrisa y yo. Se pierde la gracia de toda cadencia. Los corceles se despluman, el alma pierde las ideas y se abraza uno a las más frívolas empresas con tal de no seguir cayendo (o al menos dejar de notarlo). Ahí donde suele estar el resplandor radiante de mi aura, en las pupilas de otros, allí no hay más que algún garabato gris. Las ideas caen a tierra como pájaros enfermos: la belleza deviene en carne, el amor se desdibuja en sabanas.
¿dónde está la fuerza para salir de esta helicoide infernal? heme aquí débil, indolene, patético, enterrandome aún más letra a letra. Ríanse de mí, ríanse del idiota, masturbandose, embriagandose de su sangre hasta el vacío.

martes, 26 de febrero de 2008

tormentas de arena

Y qué escribir cuando el suicidio de la inspiración ha dejado la mano analfabeta.
Cuando reina el silencio. Cuando la vanagloriada calma llega (alfin).
Ahora veo de qué hablaba aquel que advirtiera: "¡Cuidado con los deseos! pueden ser consedidos". Entonces no más vértigo, no más sangre en la pared, no más angustia ni euforia, sólo planicie, sólo desierto.
De las grandes tempestades sólo conservo unas pocas palabras aplastadas entre las tapas de un cuaderno, con suerte algún color, con el olor velado del óleo seco. Reviso cada página, cada figura, obsesivamente y con cada pasada se van disecando, cada letra releída se marchita, se ahueca.
Significantestéril. El breve réquiem de los significados y una larga procesión.
De pronto estas palabras que escribo ahora se vuelven el único aire respirable. Tinta fresca de manantial. Será que incluso el desierto conserva alguna arteria y la arena seca también sabe sangrar.

jueves, 21 de febrero de 2008

mejor cien volando

"Oigame Compay, no deje el camino por cojer la vereda"

(cuando se me hará sangre?)

lunes, 11 de febrero de 2008

Noseaustedinfeliz!

(masturbese)

insomnio

avecesnoseduermesquelsueñonosedignadejarseconciliaryunodaunavueltayotravueltayunamásylacamaseconviertenuncampodebatalladelasideasylospensamientosquelovienenaunoatacarporlaespaldalosmuycobardesyentoncesunobuscarefugioenunlibroyotroyunomásmasnolograúnvencerlayainmundavigiliaylasideasypensamientosarremetenimpiadososyunodamilyunrodeosinútilesenunyadesesperadointentodedomarlasabanasperonadachenohaycasoquelevamosahacerysoloquedandoshorasybuenounoyarendidolevantacampamentoysedaporderrotadohuyendotraselvelo-cortinadelbañodondelaguatibialorecibeaunocomoserecibealosheroesdebatallayentoncesesienteunorenacermirandolosojosdeldíaypalpaelaromadelalbasiempretanmajestuosaellaysesientaentoncesunoalacomputadoraconlamemoriabrumosadedosdíasquesedesdibujanentresíconfundiendoloslimitesentrehoyayerycoronaunoelabsurdoinsomnedesparramandopalabrasentrecerosyunos.

jueves, 7 de febrero de 2008

lobuenoesque
mi.chelle
(sevolveríarespirarpronto)

miércoles, 23 de enero de 2008

(abril)
será por eso que el otoño
elespanto,

como la luz en primavera...
(soloqueno lo comprendo)
y otravez la tiniebla
y otravez el frío
y otravez el llanto

yel idiota.

martes, 27 de noviembre de 2007

Re(facciones)

Había una vez una feliz familia perfecta
Familia una, perfecta, vez?
...
había
...
perfecta una familia?
ha! vez?
bía...
viabez!
mi una perfauncta
ai ah!
...
familia fecta!
familia mi una
familia zilefa!
,
familia familia
familia imperfa
familia fami
,
mima
mafa
mama
...
papa seva
fecta
zilefa
mia
mía
muah
,
afecta perfa papa?
...
papa yase perf

jueves, 25 de octubre de 2007

Edén

Son ellas mismas
las fuerzas que luchan por mantenerme vivo
las que vigilan celosamente aquella puerta,
(de día mas que de noche)

Pero acaso por incuria
o tal vez por morbosa curiosidad,
descuidan de cuando en vez,
el solemne pórtico
y basta esa efímera dilación
para dar lugar a la tragedia:

Se cuela su esencia toda
como el perfume de mil jazmines
fermentada de encierro
se abre paso hasta mí
como una monstruosa hiedra
y me embriaga

Pretérita plenitud
tóxica remembranza
aquella piel
aquella imperfecta criatura
cuya alma oscilaba sin paz
entre la más acabada idea de la hermosura
y las raíces mas negras
de los más negros jardines

Mar negra
bebo de sus muertos
(que son los míos)
bebo de mi yo más celeste
y vomito arena
infértil
infecta.

Guloso náufrago
Bebiendo la mar de sus desdichas
Llena su garganta de versos podridos
reseca las tintas de toda poesía

Desespera al borde del abismo
balbucea un grito de auxilio
dejan los centinelas su letargo
Truena el gran pórtico
solo queda ecos
solo queda noches
solo
queda
solo.

domingo, 21 de octubre de 2007


...
escuche
la
pared.





jueves, 4 de octubre de 2007

El ciclo de la Sangre

Sangro una y otra vez, sangro y no dejo de sangrar. Miles de suelos y subsuelos, efímeros fondos que se quiebran dando lugar a otros infinitamente como espejos enfrentados.
La herida me atravieza desde la sien hasta lo mas hondo del estómago llegando hasta la ingle, allí se detiene, la sangre toda chorrea sobre mi sexo, sobre la palma de mis manos, sobre mis dedos y pies. Me voy drenando y me siento morir, lentamente, ante los ojos a veces indiferentes de un mundo al que no culpo no saber entender.
Mi corazón no deja de latir acrecentando la fuga sanguínea y el frío va ganando mi interior. Me vacío. Mi casa en cambio se llena de mí, de mí y de esa sangre y la contiene, se deja inundar de ella, y yo me inundo también. De a poco el calor deja mi cuerpo desnudo mientras el cause toma volúmen y alcanza mi pecho. Cuánta sangre, que desastre, comienzo un período de lenta agonía, mi mente divaga en cuestionamientos y reproches, por qué yo, por qué no ser como los demás, como aquellos vecinos de casas cuyas paredes gozan de una pulcritud impoluta, de un apacible blanco perenne, intachable, nunca podre ser como ellos y eso me pesa a veces tanto, mis paredes nunca estarán limpias, siempre esas manchas, siempre la sangre. Ésa que ahora llega tibia hasta mi cuello frío, cerrado, hecho un nudo.

Miro al techo, cierro los ojos y pretendo que todo aquello es una fantasía, que al abrirlos estaré lleno otra vez y veré mis paredes tan blancas como las de aquellas personas, tomo aire desesperado, quizá sean las ultimas bocanadas que tome jamáz, entonces toca mis labios, se cuela hasta mi lengua. La pruebo, sabe agrio, abro los ojos, allí está esa espantosa marea roja que viene por mí, desde mí, desde mis entrañas, para ahogarme.
El estómago se me contrae, quisiera llorar un huracán que volára todo de aquí y me devolviera la calma, y al fin estar en paz. morir por siempre. Pero la vida sigue aquí, aprisionandome dentro de mi herido y desnudo cuerpo, tapandome ya por completo, por arriba de mi cabeza, estoy hundido.
Caigo rendido al lecho de este denso lago. La ultima gota de sangre deja mi cuerpo y entonces me sumo en el vacío mas absoluto que haya existido. Pero esto me vuelve extremadamente liviano y es allí donde comienza el milagro, empiezo a flotar, con los restos de energía doy algunas torpes brazadas y me elevo en este rojo río que ya ha copado el techo de la casa, nado cada vez con mas fuerza y subo o creo subir, el denso líquido no me permite ver donde voy, es un todo negro para mis ojos. De pronto el negro se vuelve rojizo, sigo un halo de luz que llega tímido hasta mis ojos, casi no me queda aire, doy las últimas brazadas, el rojo se torna mas y mas intenso, la fuente de luz esta cerca, entonces golpeo fuertemente contra algo, siento el dolor en mi frente, no tengo mas aire y empiezo a tragar sangre, me desespero por abrir lo que fuera que aquella fuente de luz sea, la golpeo una y otra vez con mis puños, pero ya es muy tarde, me ahogo, me hundo, cierro los ojos, estoy muriendo, una espantosa paz me invade, silencio, solo un sonido, un vidrio que se resquebraja, cada vez mas fuerte, un estallido.
La corriente me tira hacia arriba nuevamente, un hueco me succiona, salgo expulsado con violencia a través de lo que supo ser la claraboya del techo, mis pulmones expulsan la sangre y toman una bruta bocanada de delicioso aire, estoy cayendo, nose adonde me dirijo. Un golpe, el suelo otra vez, aún estoy en mi casa, en un cuarto en el que nunca había estado. Desde el piso veo el chorro de sangre cayendo como una cascada, mi corazon empieza a latir otra vez, de manera extraña, parece bombear la sangre de afuera hacia adentro, la succiona, y magicamente toda esa cascada de sangre cambia su curso y se dirije directo a mi pecho, entra con fuerza, me llena impetuosamente, el corazon golpea cada vez mas fuerte, y las toneladas de sangre entran de a litros en mi cuerpo otra vez, me siento revivir, el aire aquí es tan nuevo, tan sabroso, todo se ve tan limpio, yo renazco hasta la última gota, la herida cierra dejando una mínima cicatriz. El ciclo comienza otra vez.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Fluir



Una fantasía. La de ir caminando y de pronto extraviar este mundo, olvidarlo por completo. Entonces todo se realenta hasta la quietud más absoluta sin más lógica que la de la mas arbitraria voluntad cósmica.

Caer se vuelve inevitable, tropezar y caer como atraído por una graciosa fuerza invisible, no es una caída terrenal sino un fluir hasta el suelo, sin tiempo o espacio. Inclinado sobre la cabeza como si ésta pesara más que cualquier otra parte del cuerpo.

Al primer contacto con el suelo ésta comienza a desgranarse como una escultura de arena seca. Desde la sien, la cabeza se va esparciendo por el suelo y pronto aquella figura dejará atrás la unidad para ser en la dispersión.
Su manar se volverá luego gaseoso y se vestirá de sueño. Flotara por la ciudad, abarcándolo todo, sin mas pretensiones que las de una delgada y tibia garúa:

Entrará por ventanas abiertas y claraboyas, será devorada en un mordisco, los enamorados lo envolverán en hondos suspiros, llenará globos rojos, será susurro, danzará entre jirones de humo en el infierno de una pipa, se enredará en algún cable, quedará a oscuras enchastrado de engrudo tras algún afiche publicitario, viajará entre los rulos de una vieja, será succionado por una ventolera en la estación Facultad de Medicina para ser despedido por una rejilla extractora entre la jauría del trafico de la 9 de Julio, el limpiaparabrisas de un taxi lo barrerá con fuerza, saldrá despedido contra una violetera en un puestito de flores de la Calle Carlos Pellegrini, el cielo rugirá, la tormenta lo empapará hacia las cañerías y lo llevará en un viaje por la Buenos Aires subrterránea hasta el gran Río de La Plata, se encontrará nadando horas después en medio de una sudestada, ya vuelto a su estado físico original.

Confundido aún, se aferrará mi renacido cuerpo a un pequeño bote velero y se perderán mar adentro.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Gentes

La gente es simplemente gente y como en todo orden natural, estos seres tienen una función: La de llenar estadios de fútbol, provocar embotellamientos, estresarse en horas pico o aplaudir al final de una obra de teatro.
En Buenos Aires los hay altos, flacos, petisos, hermosos, feos… pero en definitiva, y por sobre cualquier otra característica, son gente. Y la gente, indefectiblemente, se comporta como gente; ve como gente, camina como gente, calla como gente, grita, corre, se sienta y se siente como gente. Y hay que reconocerlo, son muy rigurosos en su comportamiento. Llevan algo así como una vocacion natural. Es sorprendente. Si bien no existe una institución concreta que los forme como tales, todos parecen conocer hasta el detalle mas minucioso, la escencia del ser gente, como un código inquebrantable al que son indistintamente fieles y devotos.
En líneas generales el mundo se desplaza cómodamente sobre estos rieles, pero si se tiene la curiosidad suficiente y se presta la debida atención, puede uno ser recompensado con la maravilla de la “anomalía”…

El silencio se explaya a gusto por entre los gastados pupitres del aula de un antiguo colegio sucursal del Rojas, enmarcado todo él por el punzante y perenne zumbido de los tubos fluorescentes que no conformes con su inhospitalidad sonora, tampoco ofrecen refugio a los ojos, aplastándolo todo con su blanquecina artificialidad.
La gente se distribuye torpe y recelosamente entre los bancos, como pidiendo permisos delante y disculpas tras cada movimiento (como suele hacer la gente cuando se sabe observada). Con impecable destreza, ésta gente se adapta rápidamente a su nuevo contexto. De ser gente del subte, de la oficina o la vereda, todos afinan al unísono en clave de primer día de curso. Ahora son todos gente-alumnos.
Esperan ansiosos la llegada del profesor, acosados por esa extraña intimidad compartida a la fuerza de la que se suele ser víctima en los ascensores.
Preparan los cuadernos sobre las mesas, tamborilean las lapiceras, aparece esa necesidad imperiosa de documentar la fecha al margen de la hoja, miran la hora una y otra vez, y por último cuando ya no parece quedar tarea alguna por hacer, se ensayan obsesivamente diferentes posturas: pierna derecha cruzada sobre izquierda, mano derecha sostiene el menton e izquierda se entierra en axila derecha, mmm… nono, mejor, algo mas casual… espalda recostada sobre el asiento y piernas estiradas hacia delante, mm… demasiado relajado, mejor…
De pronto de entre el gentío, un hombre-gente de unos 40 años avanza hacia el pizarrón -¿qué hace?... - ¿esta loco?... – Está violando el código. - Debemos sentarnos cada uno en su pupitre, no se supone que deambulemos por el aula o llamemos la atención. Ésta rebeldía claramente incomoda a todos. El hombre va a hablar… -Buenos días, yo soy el profesor… uf! El alma vuelve al cuerpo, todos suspiran aliviados.
Yo por mi parte quedo estupefacto. El hombre-gente-profesor comienza a hablar. Habla de su materia al principio, de su vida luego y por último sucede el milagro: abre su corazón, cuenta de sus pasiones, de sus expectativas, sus anhelos y búsquedas.
Yo, atónito, no concibo cómo ése que hasta hace dos minutos era gente, ahora sea un ser sensible, humano y único.

Me abstraigo y me pregunto si realmente siempre lo habrá sido, es decir, si mientras era gente hace sólo un instante, ya era persona o si comenzó a serlo a partir de que nos abriera su alma. Quizá no lo fuera. Quizá era solo gente.
Entonces me invade la hermosura…Acabo de presenciar el nacimiento de un alma.
Ya no volverá a ser gente… ¿?